Vivimos en una sociedad donde la ciencia y la tecnología ocupan un lugar fundamental en el sistema productivo y en la vida cotidiana. Parece claro, entonces, que las personas necesitan de una cultura científica y tecnológica para aproximarse y comprender la complejidad de la realidad, para adquirir habilidades que les permitan desenvolverse en la vida y para relacionarse con su entorno, con el mundo del trabajo, de la producción y del estudio.
Las ciencias naturales se han incorporado a la vida social de tal manera que se han convertido en factor clave para interpretar y comprender la cultura contemporánea. Hoy por hoy, el ciudadano común necesita formación científica para tomar decisiones, para analizar situaciones que influyen en su vida; es decir, la formación científica básica – en términos de conocimientos, habilidades, destrezas, actitudes, valores – es fundamental para la integración plena al medio social y cultural. Es cierto que vivimos en la llamada sociedad de la información y el conocimiento, pero la información y el conocimiento, para ser incorporados, requieren de comprensión, análisis, juicio crítico, contrastación, etc., donde confluye un conjunto de capacidades, destrezas y actitudes que pueden lograrse a través de una eficaz enseñanza de las ciencias a nivel escolar. Para incorporarse a la vida ciudadana y opinar con fundamentos sobre la contaminación ambiental, la calidad de los alimentos, el uso terapéutico de embriones humanos; la explotación de los recursos naturales, el cultivo y producción de semillas transgénicas, la discusión sobre los recursos que se destinan a la educación, vivienda, salud, defensa… se requiere una cultura científica, que trascienda el mero ámbito anecdótico, con frecuencia más emocional que racional. Si así no ocurre, las decisiones las tomarán los sectores de la sociedad que manejan la información y el conocimiento, lo que no siempre puede coincidir con el interés social relevante.
Un país como Chile, en vías de desarrollo, requiere de ciudadanos que no sólo voten en los procesos eleccionarios; requiere de ciudadanos participativos, integrados, que hagan valer sus puntos de vista, y que, aún para cuestiones que los afecten en forma directa, sean capaces de recabar información de personas especializadas para informarse mejor, argumentar y configurar un volumen de opinión, una masa crítica que necesariamente debe ser considerada. En los países desarrollados la opinión pública es altamente valorada: es una opinión informada – lo que implica derechos y obligaciones – pero que es debidamente considerada por las autoridades y quienes toman las grandes decisiones. En este orden de ideas es posible afirmar que la cultura científica y tecnológica básica, debe ser accesible al ciudadano común.
Es importante acceder a los conocimientos científicos por varias razones, en términos de la búsqueda de mejores maneras de explorar el potencial de la naturaleza, sin dañarla y sin ahogar al planeta; en términos de la capacidad de las personas para introducirse en el mundo de la ciencia por el afán de conocer y comprender. Las personas necesitan sentir que tienen algún control sobre la selección y la mantención de la tecnología que utilizan en sus vidas; necesitan saber que son importantes porque la ciencia constituye una parte fundamental y en constante cambio de nuestra cultura. Sin comprender la arquitectura u organización básica de la ciencia, sin comprender sus generalizaciones fundamentales hoy nadie puede considerarse culto.
La adquisición de una metodología basada en el cuestionamiento científico, en el reconocimiento de las propias limitaciones, en el juicio crítico y razonado, debe insertarse en todo proyecto de desarrollo personal para la formación de un ciudadano capaz de tomar sus propias decisiones, con una actitud crítica, argumentada, razonable. La influencia creciente de la ciencia y la tecnología, su contribución a la transformación de nuestras concepciones y formas de vida, obliga a considerar la introducción de una formación científica y tecnológica como un elemento clave de la cultura general de los futuros ciudadanos, que los prepare para la comprensión del mundo en que viven y, aún, para insertarse en un mundo global, para analizar cuestiones de la vida diaria con un criterio racional, y para tomar decisiones que pueden influir en la propia vida. Desde esta perspectiva la ciencia prepara a las personas más allá de los conocimientos o contenidos propiamente científicos.
Estos antecedentes reivindican la importancia de la educación científica en la educación formal. Esta reivindicación debe estar unida a un nuevo enfoque de la enseñanza de las ciencias que permita asegurar una educación científica de calidad con equidad, es decir, no reservada sólo a unos pocos. Una sociedad democrática, de alto nivel de participación ciudadana sólo es posible si las personas acceden a la formación necesaria para alcanzarla efectivamente. Esto demanda el desarrollo intensivo de las capacidades individuales que favorezcan la incorporación a procesos productivos complejos y la flexibilidad mental necesaria para asumir distintos roles en una sociedad dinámica. Además, la educación debe procurar el desarrollo de una capacidad crítica y creativa que permita incidir en la modificación de la realidad social. Las ciencias naturales, en este contexto, juegan un papel determinante.
No es posible conformarse si sólo unos pocos alumnos se sienten atraídos por las clases de ciencias mientras que la mayoría se aburre, les resulta difícil y pierden el entusiasmo: sea cual sea el currículo y su grado de pertinencia, algunos estudiantes lo seguirán mejor que otros. Pero lo fundamental es que al egresar de la enseñanza básica los niños tengan una formación científica verdaderamente útil, capaz de incrementarse y consolidarse más allá de la sala de clases.
viernes, 14 de diciembre de 2007
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